Libros que descienden
Algunos apuntes sobre "Micelio" de Laura Giordani (Ril editores, 2025)
1.
Hay libros que descienden. “Micelio” es uno de ellos: no avanza solo hacia la luz sino hacia la red subterránea que sostiene lo visible, esa trama donde late la memoria de lo que nos precedió.
2.
Laura Giordani (Córdoba, Argentina, 1964; residente en España desde la infancia) lo nombra con precisión: “lo esencial se ha ocultado a la mirada” y para alcanzarlo hay que “hundirse sin reservas / como un muerto abriendo sus ojos / por primera vez bajo tierra”. El micelio como cielo invertido, como estructura de sostén donde lo que duele y lo que sostiene son la misma materia.
3.
Fue Julieta Valero, directora de la Fundación Centro de Poesía José Hierro en Getafe, quien me habló del libro el día que empecé a impartir el taller “Palabras que sanan”. Julieta ha sido una de las personas que desde el inicio ha creído y apoyado el taller, y su recomendación resultó reveladora: “Micelio” encaja perfectamente en esa bibliografía que va aumentando, libros donde la palabra se abre para que algo pueda drenar y, al fin, sanar.
4.
El libro se abre con la memoria familiar que está presente en la escritura: agrietar esa amnesia convenida que llamamos familia, quedarse a escuchar esas voces que sobrevivieron a las maniobras de borrado.
5.
Laura escribe desde el exilio —ese doble arraigo entre Argentina y España— y desde una lengua que ella misma ha definido como “impropia”. Aquí la palabra no busca ornamento sino excavación: desanudar la savia estrangulada, retirar esos huesos amados que fuimos apilando como improvisado dique para atenuar la furia de lo que necesitaba ser expiado pero nuestros labios acordaron no pronunciar.
6.
La poeta abre el libro con citas de Czeslaw Milosz, Simoine Weil y Claude Lanzmann que dice que “La verdad está en los detalles”.
7.
No escribe desde la certeza de nuestro linaje de ropas empapadas y labios azulados por el empeño de mantenerse a flote: nuestros vestidos todavía siguen goteando aquel daño. El duelo aquí es político, no solo privado.
8.
“Las líneas de mi mano izquierda / quieren decir algo / que no alcanzo a comprender”.
9.
La poeta brinda su mano a los que ya no pueden hablar, se vuelve médium de las voces familiares que reverberan aún en nuestros ojos y asoman en las fotos familiares. Esa luz previa a la pérdida. Escribir aquí es un acto de escucha y de restitución.
10.
No se trata de domesticar la herida sino de mirarla de frente, de nombrar lo que emerge de lo putrefacto, “tan bien oculto a nuestros ojos: / lo que duele”. Su poesía trabaja en la oscuridad para que algo pueda mantenerse en pie.
11.
Describe la casa familiar como “fingida impecabilidad alimentada por sus consignas de superviviente: / pase lo que pase hay que seguir viviendo, / aquí no ha pasado nada”.
12.
El exilio como condición perpetua, las pertenencias respirando medio asfixiadas por el embalaje.
13.
Hay en “Micelio” una voluntad de derrumbe definitivo de los pronombres. Poesía como otro aprendizaje de las certezas heredadas.
14.
Escribir para demorar ese derrumbe.
15.
Formada en Psicología, Magisterio y Bellas Artes, Laura Giordani coordina talleres de escritura en Valencia donde entiende la poesía como práctica de resistencia.
16.
El título funciona como continuidad, en “Micelio” desciende un nivel más, hacia esa red de hongos invisibles que comunica y alimenta todo el bosque. Del árbol individual a la red colectiva. De la raíz vertical a la conexión horizontal. Poética del cuidado mutuo. El poeta y editor Joan de la Vega, en el prólogo, subraya esta lectura eco-poética: el micromundo subterráneo se convierte en cielo para los humildes y murmullo de memoria de los que nos precedieron.
17.
Su voz combina ternura y dureza sin concesiones, capaz de alumbrar lo doloroso sin añadir sombra.
18.
Este es un libro sanador no porque evite el dolor sino porque lo mira de frente, lo nombra.
19.
El libro cierra con una poética explícita: “Una escritura que muestre su revés, sus costuras, con un/lenguaje no prendado en sí mismo. No ensimismado en/su propio fulgor.//Deshilachada manta que nos cobija”. La palabra como tejido imperfecto, visible en su fragilidad, que no busca brillar sino abrigar. No hay grandilocuencia ni redención. Solo esa manta deshilachada que nos sostiene desde la penumbra.
20.
Un libro necesario para estos tiempos de amnesia organizada y barbarie disfrazada de progreso.





Qué buena pinta, Hasier. Buscaré el libro. Un abrazo fuerte
Irakurtzeko gogo handia daukat (eta orain gehiago) 💜🍄