Insomnio literario
Reflexiones nocturnas sobre «Cuántas noches son esta noche» y el poder sanador de la literatura
No sé si es por esta nueva etapa de vida, donde cada día voy trazando un nuevo rumbo y proyectando un futuro que cada vez se vislumbra con mayor claridad.
O quizás porque, después de mucho tiempo, antes de ayer hice ejercicio de manera intensa, redescubriendo la sensación de tener agujetas y el esfuerzo que supone levantarme de la silla, que aún persiste.
O tal vez fue el café que me tomé a las cinco de la tarde en Clima Café, un lugar donde encontrar sitio los fines de semana es todo un desafío, al igual que en tantas cafeterías y restaurantes del centro de Madrid, donde la gente se ha ido acostumbrando a esperar en colas interminables. La galleta con caramelo salado es una de las elecciones inevitables que hacemos cuando nos acercamos a degustar uno de los cafés más ricos y donde los trabajadores destilan cercanía y naturalidad, algo que se agradece mucho.
Lo cierto es que últimamente, los domingos cuando me acuesto, se activa el pensamiento y empiezo a profundizar en hipotéticos escenarios, en posibles situaciones o realidades asociadas a esta vida nueva en la que cada día voy aprendiendo a ser más concreto en mis tareas y proyectos. Aunque me dejo llevar por la dispersión que me caracteriza, la bruma siempre se va disipando.
Es por ello que, después de un largo tiempo desvelado, decidí volver al salón para seguir leyendo en calma «Cuántas noches son esta noche», la obra híbrida de Juan Domingo Aguilar (Jaén, 1993): un diario poético heredero de las propuestas contemporáneas latinoamericanas como Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) o Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) donde en un primer plano están el amor, la atracción y todo lo que subyace de esas experiencias.
He de decir que en esta casa, desde que leímos «Nuestra piel muerta» de Natalia García Freire (Cuenca, Ecuador, 1991), guiados por su línea editorial y también por un cuidado diseño que incluye en sus cubiertas collages elaborados por LaPatry Cruz (Valdepeñas, Ciudad Real, 1985), hemos ido conformando una colección de libros de la editorial La Navaja Suiza. Esta es, sin duda, una de las editoriales independientes más interesantes.
En «Cuántas noches son esta noche», Juan Domingo Aguilar nos despliega los anhelos de la creatividad a partir de capítulos separados por estaciones. Reflexiona sobre la amistad, la muerte, la familia, la ciudad, el insomnio o los procesos personales a través de entradas breves. En estos fragmentos, el detalle, las referencias cinematográficas, musicales, de artes plásticas y literarias, escritas con una cuidada prosa poética, me atraparon desde la primera página, acompañándome del tirón hasta terminar a altas horas de la noche.
La lectura de este libro me recordó que Anne Michaels (Canadá, 1958) ha sido una de las poetas a las que no presté suficiente atención en el pasado en que devoraba las traducciones de Bartleby. Fue entonces, hace más de diez años, cuando descubrí la poesía de Robert Hass (San Francisco, EE.UU, 1941) con su libro «Tiempo y materiales», traducido por Jaime Priede y que obtuvo el National Book Award en 2007 y el Pulitzer de Poesía en 2008.
Fueron años en los que me sumergía con la inocencia del descubrimiento en la búsqueda de nuevas voces poéticas. «Deshielo a mediodía» del ganador del Nobel en 2011 Tomas Tranströmer (Estocolmo, Suecia, 1931-2015) fue uno de esos libros.
Entre las lecturas que hacemos, es de agradecer cuando nos encontramos con pistas, con esas referencias que nos llevan a descubrir o profundizar en otros autores que establecen esa hoja de ruta de la obra o del autor. Y más cuando nos tropezamos, y volvemos a tropezar, con sentencias que inevitablemente vamos anotando en ese archivo de citas, como se puede leer en el libro que tengo en las manos: «Hay días en los que las ruinas parecen lo único intacto a nuestro alrededor».
¿No medís la calidad o la conexión con un libro por las páginas que dobláis? En este caso, son unas cuantas las que he ido marcando de esa manera, para volver a esa cita que dice que «Hay lugares que no aparecen en los mapas porque no son una cuestión de espacio, sino de tiempo». O para poder descubrir referencias de músicos franceses, ahondar más en las instalaciones de luces led del arte de Tracey Emin (Croydon, Inglaterra, 1963), o desgarros como «porque es más fácil escribir este libro que pedir perdón».
Inevitablemente, he esbozado una sonrisa al encontrar referencias (hay muchas) como la que hace al poeta costarricense Luis Chávez (San José de Costa Rica, 1969), uno de mis poetas de referencia, o al grupo donostiarra La Buena Vida, que me ha acompañado musicalmente en muchos viajes al norte.
Al fin y al cabo, Juan Domingo Aguilar nos demuestra, desde una escritura cercana, sincera y honesta, cómo la creación se nutre de manera inevitable de la vulnerabilidad y de la destrucción. Lo importante que es reflexionar, escribir e ir dándole forma a todo ello. La literatura es, en definitiva, un antídoto ante todo eso que no entendemos y se nos escapa de las manos; del corazón malherido. Un murmullo leve que va brotando y que comparte esas coordenadas del desvelo, de la desazón y de una generación sin asideros ni rumbo en las ciudades.






