Notas de una geografía íntima

Notas de una geografía íntima

Cartografías del cambio

Notas sobre el caminar, escribir y renacer

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Hasier Larretxea
ene 06, 2025

Mi marido y yo, durante nuestros últimos viajes a Santa Cruz de Tenerife, su lugar de origen, tenemos la costumbre de recorrer la ciudad en los días en que la pereza nos lo permite. Afortunadamente, logramos hacer varios kilómetros a paso ligero mientras compartimos impresiones familiares. Él me habla de su viaje a Dubái previsto para abril, que tanto le maravilló, especialmente por las exposiciones de arte contemporáneo y los espacios habilitados para ello, así como por su arquitectura y variada y amplia oferta culinaria (hay dulces de pistacho que, inevitablemente, probaremos).

La literatura del caminar siempre me ha fascinado. Numerosos creadores y escritores han plasmado en sus obras la inspiración que han encontrado en sus paseos, como si el movimiento del cuerpo despertara algo esencial en el espíritu creativo. Desde Charles Baudelaire con su obra cumbre 'Las flores del mal', publicada en 1857 —esos poemas que atraviesan las calles de París como flechas envenenadas—, hasta Werner Herzog y su viaje a pie desde Múnich hasta París en el invierno de 1974, publicado por Gallo Nero, donde caminó para salvar a su amiga Lotte.

Me conmueven especialmente las reflexiones de María Belmonte sobre los senderos del norte, los paseos observadores de Robert Walser, las meditaciones sobre el andar de David Le Breton, las crónicas urbanas de Antonio Muñoz Molina, la mirada íntima de Jokin Muñoz o las derivas psicogeográficas de Iain Sinclair por Londres. Miguel Sánchez-Ostiz me ha llevado de la mano por sus trayectos de senderismo desde el pueblo de Arraioz, con esas referencias a numerosas localizaciones en el valle del Baztan que me llevan a redescubrir mis propios paseos por el norte.

H. D. Thoreau (1817-1862) nos regaló sus reflexiones en defensa del 'pensamiento salvaje', ese estado mental que solo se alcanza caminando en soledad por la naturaleza. Árdora ediciones —una de las editoriales más singulares, y a la que le tengo un cariño especial por haber publicado 'Autorretrato con radiador' (2006) de Christian Bobin, esa obra tan delicada sobre la búsqueda de la luz en un proceso de duelo— publicó al autor de Concord (EE. UU.) en 1998 'Caminar', un texto que releí hace poco y que me sigue pareciendo tan necesario como el primer día.

En algún poema, y especialmente en el libro de narrativa 'El lenguaje de los bosques' (Espasa, 2018), escribí sobre el efecto liberador de caminar a través de los bosques. Mi padre siempre ha dicho que uno no sale igual que entra a esas hectáreas de árboles. Desde niño, ese ha sido un hábitat y un lugar donde nos sumergíamos para recoger hongos. Con el tiempo, y desde mi vida urbanita en Madrid, volver a conectar con el sonido que generan mis pasos sobre la tierra, escuchar los diferentes sonidos animales que provienen del bosque, contemplar la magnitud del paisaje montañoso y el pueblo en miniatura mientras converso con mi madre, mi marido, mi hermano o algún amigo, es una de las necesidades que tengo cuando regreso al pueblo. Tiene un efecto de liberación y limpieza con el que ensanchar los pulmones y el ser. Es reconectar con capas interiores, romper bloqueos y deshacer nudos.

Durante estas últimas semanas en Santa Cruz de Tenerife, el trayecto habitual nos ha llevado por Las Ramblas, dejando a un lado la plaza de toros, donde el último espectáculo taurino se celebró en las Navidades de 1984. Se utilizó como campo para la lucha canaria, mítines políticos, conciertos de música, cine de verano y otras actividades, pero lleva años abandonada, igual que muchos edificios o espacios culturales en esta isla que parece destinar su presupuesto a fines turísticos —primer motor económico— y que, a su vez, condena a los tinerfeños a trabajos precarios en el sector servicios y atrae cada año un turismo cada vez más salvaje y menos respetuoso con la isla.

Al continuar nuestro recorrido, dejamos a un lado el parque García Sanabria, formado por plantas exóticas variadas y donde se ubica una notable colección de esculturas y monumentos, legado de la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle celebrada entre diciembre de 1973 y enero de 1974. La habitual terraza ubicada en la parte superior estaba cerrada: el ayuntamiento ha sacado a trámite la licitación de la Strasse Park.

Desde el Monumento a la Victoria, o el popularmente conocido como 'El Monumento del Ángel' —uno de los vestigios del franquismo que persiste en esta isla—, nos dirigimos por la avenida de Anaga hasta el Auditorio de Tenerife, diseñado por Santiago Calatrava. El periódico El Día publicó el 3 de enero, en un artículo firmado por la periodista Eloísa Reverón, que el gobierno canario revoca el catálogo de los 79 símbolos franquistas aún vigentes en Santa Cruz. Hace dieciocho años, la primera vez que pasamos ante el monumento a Franco, mi marido me hizo notar la dejadez de algunos políticos tinerfeños para revisitar los años más oscuros de la historia reciente.

Hace poco más de un mes, él me expresó su alegría al notar que en nuestras conversaciones durante los paseos por Madrid Río, el parque urbano de la ciudad, le hablaba de mis ideas sobre proyectos futuros o aspectos de los libros en los que estoy trabajando, en lugar de las dificultades, situaciones complicadas o tensiones laborales. Por esas fechas tomé una de las decisiones más drásticas, difíciles y, a la vez, satisfactorias de mi vida: dejé, después de 15 años, mi puesto como profesional en el ámbito de la salud mental. Había comprobado cómo se iba desdibujando una labor con la que, a priori, disfrutaba, hasta convertirse en un cúmulo de angustias y sufrimiento. No por la atención directa en entornos comunitarios a las personas con trastornos mentales graves, sino por el trato de la empresa: las exigencias continuas, la precarización de los trabajadores y la constante rotación de profesionales.

Durante 2024 me asaltó una ansiedad más acuciante con rasgos depresivos que fueron, afortunadamente, diluyéndose en todos esos momentos que pude disfrutar gracias al ímpetu compartido e impulsado por mi marido: los festivales de música, los estrenos de la cartelera de cine, los encuentros con amigos, los descubrimientos de nuevos lugares de ocio en Madrid o los viajes.

El malestar emocional fue tan intenso durante el año que dejamos atrás que tanto mi identidad como trabajador social como mi faceta de escritor fueron deshaciéndose, hasta hacerme sentir tan pequeño como insignificante. Sentía que no servía para nada, que no era capaz de nada. Recuerdo la visita de mis padres el día de mi cumpleaños y mi tristeza infinita. Sin embargo, conecté con una parte interna que se resistió a caer del acantilado, que se sujetó a las raíces o ramas que me mantuvieron a flote, lejos de esas dinámicas tan intensas que me llevaron del ímpetu y la ilusión por hacer bien las cosas a sentirme aplastado por una colisión de fuerzas, consecuencia de las condiciones laborales y de cómo ciertos entornos exprimen al trabajador.

En las conversaciones que mantengo con mi marido estas últimas semanas, le expreso que me siento en un cruce de caminos. Ilusionado porque tengo una creatividad que encauzar y proyectos y libros que he ido trabajando durante los últimos años —entre ellos, sobre todo, la novela—, pero a la vez algo perdido. Y es normal, creo que forma parte de mi camino y proceso, mientras voy trabajando en ese boceto de futuro, en ese Hasier que viene, en el que poder conectar con todas esas capas interiores y proyectarme tal como he soñado siempre, dejando atrás también toda esa censura interior y los miedos atávicos que creo heredé desde mi infancia por la educación y esos códigos recibidos de algunas personas cercanas y queridas. Debo encontrar el equilibrio entre la delicadeza y sensibilidad de mi madre y la fuerza y tesón de mi padre.

Los próximos paseos junto a mi marido serán, después de casi un mes, en Madrid. Espero poder seguir compartiendo con él mis ilusiones, mis anhelos y esos avances como creador. Es la primera vez que dispongo de tiempo, de ese tiempo que reposa el pensamiento y permite crear sin luchar contra contratiempos, agotamientos laborales y falta de sueño. Es la primera vez que puedo pensar, actuar y escribir desde los cuidados propios y desde mí mismo. Tengo ganas de reconectar con aquella época fresca e irreverente de la revista Koult! y poner el foco en libros y discos que me han abierto puertas, que me han llevado a transitar hemisferios donde volver a conectar con la emoción, el disfrute y cierta estética.

Mientras termino este artículo, ultimamos las últimas horas de nuestra estancia navideña en Santa Cruz de Tenerife. Llega el olor de la tortilla desde la cocina, la tos de mi suegra, el sonido de las ollas y el aceite hirviendo. Mi marido, a mi lado, hojea el especial de Rockdelux que por fin compré ayer, después de días de búsqueda. Es lo que tienen las islas.

Me doy cuenta de que suena 'Y así llegó el invierno', la sexta canción del disco 'Los árboles ya lo sabían' del músico Alejandro Pelayo, publicado en noviembre por Estudio Uno Records. Siempre llega con su profundidad el invierno: son tiempos para la introspección y coger impulso, momentos para lamer las heridas y establecer esos pequeños cambios con los que construir una rutina sana y satisfactoria. Mientras las notas del piano nos acompañan durante esta última mañana, este disco es, a su vez, una compañía similar a la de un ser querido, ese que te ilumina hasta en los días más oscuros.

Aunque me asalten las inseguridades, soy consciente de la importancia de dejar atrás esos lugares comunes, esos espacios donde, en mi caso, sentía que hace años que no experimentaba un crecimiento, sobre todo personal. Y aunque forma parte de este proceso que me atrape y asalte el sentirme algo descentrado —por momentos parece que retomo o me embarco cada día en un proyecto diferente—, sé que cuando zarandeamos ese árbol de la vida, inevitablemente, siempre llega el momento de recoger los frutos. Tengo la certeza de que esas manzanas, peras o castañas caerán sobre la tierra blanda, sobre las manos calurosas y generosas, sobre este cuerpo que sigue encontrando su lugar en el mundo.

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